Por los caminos de San Roque

Cristina Arboleda- Revista Familia

Por los caminos de San Roque
 
El sol andino abriga la mañana quiteña. Las palomas levantan el vuelo. Se convierten en nubes aladas, brochazos veloces sobre el azul profundo del cielo. Patricia Pavón nos espera en la Plaza de San Francisco. Ella es nuestra anfitriona y es ahí donde inicia el recorrido a través de Los caminos de San Roque, un proyecto comunitario, de orden educativo y turístico que es gestionado por la Asociación de vecinos Guardianes del Patrimonio de este barrio y cuenta con el apoyo de la Fundación Gescultura. 
 
Los ojos de Patricia tienen el color verdoso del mar cuando brilla transparente en la arena. Ella saluda con su esposo, Diego Salazar. Es un canillita que pertenece a la cuarta generación de vendedores de periódicos. Su oficina está en la esquina de la Plaza. Ahí mismo trabajó su bisabuelo, un siglo atrás. 
 
"Aquí comienza mi historia", dice Patricia, sosteniendo unas fotografías viejas en la mano. Una de ellas data de 1875. "Este era un barrio para españoles pobres", cuenta la anfitriona. Pero para los indígenas la ubicación donde hoy está el Atrio de San Francisco fue estratégica. Desde ahí podían divisar los cerros del Itchimbía, el Panecillo, la loma de San Juan, donde según se cree estaban ubicados templos sagrados. En la Plaza funcionaba, además, el Tianguez o mercado donde se intercambiaban los productos. En otra foto de 1920, la Plaza se ve distinta: está poblada por árboles, como un parque.
 
En la esquina de la calle Cuenca, la Casa Gangotena, convertida en un lujoso hotel, llama la atención. Apuramos el paso, cobijados por las sombras que dibujan las construcciones coloniales. En la nariz tambalean los olores de la ciudad. 
 
La picazón que produce el esmog es endulzada por el perfume pegajoso de las galletas y las especias que se exhiben en costales, acomodados entre los umbrales de las bodegas tradicionales del sector. 
 
Nos detenemos en el museo de arte precolombino Casa del Alabado y llegamos hasta una plaza frente al Convento de Santa Clara. Patricia recuerda que cuando era niña pasaba gran parte del tiempo en ese lugar. Ahí funcionaba el mercado de San Francisco, donde su madre trabajaba. 
 
Volvemos la mirada sobre el muro del Convento, donde está una cruz. La guía narra que detrás de su construcción se esconde una leyenda de amor .
 
Subimos por la calle Rocafuerte, rozándonos con la gente que sube y baja por la estrecha acera. Los carros pasan de cerca, los buses aún más. Cada puerta es la entrada a un negocio. Entramos al local de Sombreros Pilarcita, que pertenece a Luz María Zambrano. Ella está detrás del mostrador, rodeada de sombreros. Su esposo, Segundo Garzón, con quien desde hace 55 años elabora sombreros a mano, le puso el nombre a su tienda, en honor a su primera hija. 
 
Nuestra siguiente parada está en la acera de enfrente. Es la tienda de Rosa González. Adentro, un estante parece un jardín vertical de hierbas y aromas. En las vitrinas hay incienso, filtros para atrapar el amor, jabones para la suerte, y sobre una mesa están los jugos nutritivos que prepara Rosa. Cada vaso cuesta 30 centavos. Nos animamos a probar uno. Se trata de un delicioso brebaje caliente y rosado, hecho a base de 20 plantas. La receta es secreta. 
 
San Roque guarda otras historias escondidas y seguimos la ruta, calle arriba. Pasamos por la Casa de los Siete Patios, que solo podemos ver a través de las rejas. Acercamos el oído, como buscando en el aire algún sonido de las serenatas que antaño alegraban a las muchachas. 
 
A pocos pasos, la Iglesia de San Roque nos espera con las puertas abiertas. En el vestíbulo, una mujer acomoda los cuadros con imágenes religiosas, cirios, relicarios y rosarios que vende, sentada afuera del templo. En el interior, nos maravillamos con la luz que se filtra por los vitrales, encendiendo el pan de oro. 
 
Justo en frente está el mercado de San Francisco, lugar protagónico del recorrido. Ahí, las baldosas blancas del mercado contrastan con la sicodelia de las frutas y los vegetales. 
 
Llegamos hasta donde están las hierbateras. Rosa Lagla es una de ellas y se dedica al viejo oficio de curar espantos y hacer limpias. En ese puesto atiende desde hace 15 años, a su lado cientos de hojas, raíces y flores se confunden entre sí. 
 
Patricia nos lleva por los recovecos del mercado. De pronto llegamos a una zona donde solo hay silencio.¿Qué paso aquí?, nos decimos perplejos. La tristeza cruza el rostro de Patricia: "Esto es lo que nos está pasando. Algunos vendedores han muerto, y sus hijos no quieren seguir con la tradición". Pero, aunque es difícil, el mercado sobrevive. Así lo demuestra Guadalupe Lucera, de 87 años, que, incansable, sigue vendiendo verduras. "Si me quedo en mi casa, me muero", dice.
 
En un rincón, entre ollas y recipientes con aguas medicinales y bebidas tradicionales, se encuentra el puesto de Patricia. Antes de las 6:00 llega hasta el lugar acompañada de su madre. Orgullosa nos ofrece un vaso de chicha de jora: es la receta heredada de su abuelita. Brindamos, felices. En frente, las luces de neón iluminan a una Virgen. La Patrona nos despide; y ya no queremos irnos.
 
Tenga en cuenta
 
MÁS INFORMACIÓN
El proyecto de los Guardianes del Patrimonio de San Roque pretende difundir y preservar los oficios y la vida cotidiana del barrio. 
Se ofrecen tres recorridos, cada uno guiado por un vecino: Camino al Mercado, Camino de Hoy y Camino de Vuelta. El costo es de: USD 6,50 (general) y 3,50.
Los recorridos se realizan martes, miércoles, viernes y sábados. Para reservar, visite la web: www.caminosdesanroque.com o llame al: 095193452 ó 2289441.
La iniciativa está apoyada por la Fundación Gescultura. Los fondos recaudados del proyecto son destinados a mejorar las condiciones de vida de los vecinos del barrio.

FUENTE:
http://www.revistafamilia.ec/index.php/articulos-portada/3437-por-los-caminos-de-san-roque
 
 
 

 
 
Gescultura - 2016